viernes, 9 de febrero de 2018

Capitulo 5




Capítulo 5

Lo vi marcharse, su automóvil dobló la esquina, perdiéndose de mi campo de visión. Se había ido. Esa no podía ser la estúpida razón por la que por mi mejilla una gota de algo salado se escurriera hasta caer al duro pavimento. Ni siquiera yo podía ser tan patético. Recordando que tenía una madre y que esta estaba convaleciente en cama, me decidí a subir las interminables escaleras hasta el tercer piso. El puto ascensor estaba dañado desde hace meses y no veía pista de que lo fueran a arreglar en un futuro cercano, más valía agradecer el ejercicio extra.
Con un dolor de pies torturante llegué hasta la puerta del departamento que compartía con mi progenitora. Al abrir descubrí el mismo profundo silencio de siempre, por la ventana se colaba la luz molesta de la lámpara de la calle.
Mi hogar era tan grande como una caja de zapatos. Un dormitorio que le dejé a mi madre, yo dormía en un catre en la sala. En una esquina la cocina, una mesa pequeña que había visto tiempos mejores, colocada junto al fregadero. Las cortinas remendadas que nos regaló una vecina, y algo de comida en una alacena cuyas puertas ya no podía recordar que cantidad de veces las había tenido que reparar. En eso se resumía lo que yo llamaba hogar.
—Hijo… ¿Eres tú? —escuché la voz cansada de mi madre.
—Sí, soy yo —limpiando mi cara con la manga de mi camisa intenté darme ánimos. Estaba cansado, hasta el alma me pesaba, no había hueso de mi cuerpo que no doliera. El que pensara que trabajar de mesero era un trabajito cómodo, no sabía lo que era servir mesas durante toda la noche, eso sin contar a los clientes que se querían pasar de listos.
—Quiero verte —me dijo mi madre desde el dormitorio. Ella siempre insistía en pasarme a revisión. Como si yo fuera un adolescente que llega de una noche de juerga. A decir verdad no sé lo que es eso, primero porque era demasiado joven y ahora porque no tengo tiempo ni para ser un niño malo.
—Voy madre —me solté el cabello para reacomodarlo nuevamente en la coleta baja. No quería que ella me regañara por andar hecho un desorden.
Tomando el pomo de la puerta la abrí, dentro estaba mi madre acostada sobre la cama en la que jamás había tenido un esposo. A mis ojos ella era una santa, una madre soltera que engaño a todos diciéndole que era viuda, que se alejó de todo lo que conocía para que yo pudiera nacer sin sentirme fruto de un pecado. Todavía recuerdo cuando me dijo la verdad, yo le pedí que no me dijera el nombre de ese infeliz, para mí, solo ella era mi familia.
Nuestra promesa había sido “Juntos contra el mundo”, ahora ella me abandonaría en cualquier momento.
—Hola, mamá —le hablé en susurros— ¿Cómo has pasado la noche?
Un ataque de tos retrasó la respuesta.
—Bien, hijo —su voz estaba ronca— ¿Cómo te ha ido en el trabajo?
El menudo cuerpo estaba acostado, durante la noche la tos era violenta, durante el día le daba algo de tregua.
—Te prepararé un té —le ofrecí. Ella me sonrió en respuesta, su valentía era lo que me daba ánimos para continuar. Cuando ella se marche de mi lado no sé lo que haré.
Antes de salir del dormitorio le acomodé las almohadas, luego salí para ir a la esquina que hacía las veces de cocina. Haría algo de comer para ella y para mí. Al abrir la alacena me di cuenta de que pronto debía ir a hacer la compra, lástima que los pocos billetes que había en mi bolsillo no fuera suficiente.
Preparé un poco de té caliente, unas tostadas y huevos revueltos, allí se fue lo último que quedaba de los suministros. Al revisar el botiquín noté que de la medicina de mamá no me quedaba más que dos dosis. El puto dueño del cabaret no me pagaría hasta el fin de semana próximo. Sentado junto a mi madre en la cama la acompañé para asegurarme que desayunara.
Con la certeza que no había nada que yo pudiera hacer en ese momento, la dejé dormida otra vez y me fui al colchón que había extendido en la sala. Dormiría algunas horas, luego pensaría en lo que tenía que hacer para evitar que mi pequeña familia muriera de hambre.
Esa noche soñé con él, con el apuesto hombre que vestido de negro me vigilaba desde su mesa en la esquina. Era un sueño tan vivido, podía sentir su mirada recorriendo mi cuerpo por sobre mi uniforme de camarero. Al mirarlo a la cara vi que la negrura de sus ojos era total, al sonreírme pude ver que sus colmillos eran como los de un felino. Con un grito desperté, el cuerpo bañado en un sudor pegajoso, la respiración acelerada. Era como si mi alma le llamara, una locura tan solo el pensarlo.
El reloj de la pared marcaba las doce de día, era hora de prepararle algo de comer a mi madre. En el refrigerador había un poco de leche, un envase con jugo de naranja y un huevo. El pan se había acabado con el desayuno junto con las ideas que tenía de preparar algo para comer. En ocasiones como esta quién podía culpar a las mujeres que en las esquinas vendían algo más que sus cuerpos o esos que guiados por el hambre robaban carteras en el metro.
Golpeando mi cabeza contra la puerta del refrigerador quise llorar, gritar mi frustración, pero eso solo alertaría a mi madre. La proposición de mi jefe, la misma que me asqueó hasta lo innombrable, ahora comenzaba a parecer mi única oportunidad para darle algo de comodidad a mi madre en sus últimos días. Yo trabajo, me esfuerzo, pero apenas si gano para comprar las medicinas, pagar el alquiler de este nido de ratas y con suerte comer toda la quincena. Maldita fuera mi suerte.
—Hijo —la voz de mi madre me dejó saber que ella estaba despierta.
—¿Necesitas algo? —Traté de darle algo de normalidad a mi voz— Estoy preparando el almuerzo.
—Deberías haber dormido un poco más —me habló nuevamente desde el dormitorio. Su voz cada día perdía fuerza al igual que el resto de su cuerpo.
—Acabo de descubrir que se me olvidó comprar algo de pan —traté de convencerme a mí mismo que eso era verdad— Iré a comprar. En un momento regreso.
Soy un cobarde, no hace falta que alguien venga a decírmelo. No puedo ver a la cara a mi madre y mentirle. Sólo espero que la venta del anillo de graduación dé para comprar algunas cosas. En tiempos de guerra el dinero le falta a todos, sobra quién venda hasta su sangre.
El día transcurre entre atender a mi madre, hacer algo de limpieza y dormitar. Es algo loco, pero espero la noche como una medida de escape, al menos entre las sombras todos los gatos pardos son negros. Quizás si tengo suerte él esté allí, el extraño hombre que camina en mis sueños.
Mi madre ha quedado lo más cómoda que se puede en su cama, cada vez que salgo de casa tengo miedo de no encontrarla con vida al regresar. La noche ha llegado nuevamente en toda su gloria. El cabaret me espera con sus clientes, el humo de cigarro y la voz del jazz.
El guardia que protege la entrada trasera me sonríe burlón al verme llegar encogido en mi viejo abrigo y con el sombrero calado hasta las orejas. Tal vez él sabe lo que me propuso su jefe, al fin y al cabo todos esos siempre andan en lo mismo. De pronto el pasillo se me hizo demasiado largo, demasiado estrecho, la mano pesada en mi hombro me hizo volverme para ver de quién se trataba.
—El jefe dice que subas a su oficina —me dijo uno de los tipos que hacían las veces de guardaespaldas, aunque en realidad eran “los manos sucias del jefe”
—Voy a cambiarme al vestidor —le dije levantando la bolsa que traía en la mano izquierda.
—El jefe dijo, ahora —me sonrió mostrando unos dientes amarillos. El tipo daba miedo.
Tragando grueso me decidí a obedecer, mi jefe ni por asomo es una buena persona, de eso nadie tenía duda.
—Hola, muchacho —mi jefe me esperaba sentado tras su escritorio atestado de hojas sueltas sin ningún orden aparente.
—Me dijeron que me buscaba —encorvé la espalda. Deseaba estar en cualquier otro sitio menos allí.
—Quería saber que pensaste de la propuesta que te hice ayer —Vestido con traje entero, lentes en sus ojitos redondos, trataba de dar la imagen de un honesto hombre de negocios. Nada más lejos de la verdad.
Tragando fuerte traté de controlar el temblor que amenazaba con sacudir mi cuerpo.
—No he tenido tiempo suficiente para pensarlo —traté de inventarme una excusa. Una cosa era estar en un momento de desesperación, otra muy distinta era pensar las cosas en frío.
El fuerte golpe en la mesa me hizo dar un salto dentro de mi propia piel. Mi jefe estaba furioso, de pie me miraba como si estuviera a punto de golpearme, agradecí en silencio que el escritorio nos separara. Su cuerpo regordete parecía temblar.
—¿Quién crees que soy? —Su voz era afilada como una navaja de barbero— Ayer te dije que te daría una oportunidad para que tu madre tuviera suficiente dinero para sus medicinas… ¿Y así es como me pagas todas las molestias que me he tomado para ayudarte?
—Señor —levanto mis manos en forma defensiva. Estoy temblando. Sé que afuera, dos tipos grandes esperan una orden del jefe para venir a por mí— Yo solo le pido esta noche —trato de ganar tiempo.
Él vuelve a sentarse, por un momento me atrevo a pensar que me he salvado de esta. Pronto me doy cuenta de lo equivocado que estaba.
—Toma esto —me tira unos cuantos billetes sobre el escritorio—. Dale mis saludos a tu madre.
Luchando contra el temblor de mis manos tomo el dinero, por experiencia sé que mi jefe no se toma a bien los desprecios.
—Se los daré —le respondo— por ahora iré a trabajar.
La sonrisa del hombre raya en lo siniestro.
—No creas que me he olvidado de tu desplante —sin hacerles ninguna señal entran dos tipos grandes como torres—. Llévenselo al callejón… quiero que recuerde que no soy juguete de nadie.
Trato de soltarme, pero soy un chico delgado y pequeño, no hay punto en luchar cuando los que me toman de los brazos son tan grandes como unos malditos osos.
—¿Lo quiere como para que pueda venir a trabajar mañana? —le preguntaron al jefe como si hablaran de una entrega de pan o algo así.
—No lo maltraten demasiado —se encogió de hombros— Solo quiero que tenga claro que no soy su madre.
Me arrastran por los pasillos, todos me ven forcejear pidiendo ayuda pero nadie hace nada, es más, parece como si no me vieran en realidad.
—¡Putos cobardes! —Les grito a todo pulmón. Ellos pueden matarme y a nadie parece importarle.
El golpe sobre el duro pavimento del callejón me saca el aire de los pulmones. Una mano grande me toma por el brazo poniéndome de pie nuevamente, mientras el otro hombre me golpea con tanta fuerza el rostro que, por un momento, chispas de luz se ven tras mis parpados. De lo último que soy consciente es de una patada que hace crujir mis costillas.
Si ha pasado una hora, o semanas enteras, no puedo decirlo. Al despertar siento que todo el cuerpo me duele como si un tren de carga me hubiera pasado por encima. La mejilla derecha arde, de seguro se hinchará horrible, es una suerte que no me falte ningún diente. Cuando trato de incorporarme las costillas me hacen gritar de dolor, como mínimo tengo una quebrada.
El maullido de un gato me hace abrir los ojos otra vez, el dolor ha dimitido lo suficiente hasta convertirse en una molestia constante. La luna brilla en lo alto del cielo, puedo verla claramente asomarse por entre los edificios. El callejón va a ser mi tumba si no logro levantarme pronto. Con gran esfuerzo, sosteniéndome de un contenedor de basura cercano, me pongo de pie con dificultad. Mi sombrero está desaparecido, mi abrigo tiene manchas de sangre, mechones de cabello rojo me rozan la mejilla dolorida, ahora parezco un vago.
Las putas ganas de llorar me humedecen los ojos, soy un hombre y no puedo darme ese lujo. Quién me vea pensará que soy algún borracho que ya terminó su faena con la mitad de los bares de la ciudad. La tentación de dejarme caer en alguna esquina para no levantarme más, es tan grande que está a punto de superarme.
Sin saber muy bien cómo, logro salir del callejón, sosteniendo mí peso contra la pared del edificio. Respiro hondo para lograr recuperar la calma. Tengo que regresar al lado de mi madre, ella me espera.
—¿Qué diablos te pasó? —Una voz conocida me hace levantar mi cabeza.
—¿Usted? —Mi rostro se tiñe de vergüenza. Es el extraño otra vez.
—Gregorius Kaelo —me dice poniendo un dedo bajo mi mandíbula, obligándome a levantar el rostro— ¿Qué pasó? —repite su primera pregunta.
Como el estúpido que soy, me arrojo a sus brazos. Hoy más que nunca necesito la efímera sensación de seguridad, sentir que estoy donde debo de estar, al menos por unos minutos. Sé que mi abrigo está sucio, que huelo a todo aquello que se arroja a los callejones, voy a ensuciar su camisa blanca adornada por una corbata de seda, a él no parece importarle.
Sus brazos fuertes me rodean, los clientes que entran al cabaret nos dedican miradas disimuladas, él no me suelta.
—¿Qué te pasó? —me insiste hablándome contra el oído.
El recuerdo de mi jefe me hace recuperar la cordura.
—Me asaltaron —sosteniéndome de su gabardina lucho por no dar con mi humanidad al suelo.
—Mientes —me separó de su cuerpo lo suficiente como para estudiar mi rostro que de seguro ya comenzaba a amoratarse.
—No puedo decirlo —dejé de luchar, estaba tan cansado.
—Te llevaré a tu casa —me ofreció.
El saber que mi madre estaba en casa me hizo sentir enfermo, no quería ni imaginar en lo que pensaría ella al verme en tan mal estado.
—Necesito lavarme la cara —le dije sin ser dueño de mis cinco sentidos. Entre el aroma de la colonia fina del señor Kaelo y el shock de lo que me hicieron esos tipos, no podía pensar con claridad.
—Si no quieres irte a tu casa puedo llevarte a algún hotel —ofreció como todo un caballero, lástima que yo no fuera una dama.
—Sólo necesito un momento para reponerme —Apoyándome en el pecho de mi misterioso extraño, trate de recuperar algo de dignidad.
Como si mi cuerpo solo estuviera esperando el extraño gesto, apenas sentí que mis pies no tocaban el suelo y mi cabeza era apoyada contra un hombro vestido de traje caro, perdí la noción de donde estaba y de sí estaba vivo o muerto.


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Con cariño:
Milagro Gabriel Evans







2 comentarios:

  1. Adora la historia de esta pareja,muchas gracias por compartirla con todos.

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  2. Espero que gregorius lo saque de ese antro y lo lleve con el! Gracias por publicar me encanta

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